lunes, 4 de enero de 2010

El primero de dosmil diez (andante ma non troppo)




Y tú : perejil sin hojas
que de puro solitaria te confundes con los ríos de nieblas matinales,
para no perdonarme me besas,
y me dices adiós con un durazno a medio comer en tu mano
y luego me voy sonriendo de nuevo para adentro,
para los pasos,
a comer con los traidores y las traidoras
y con los escuchadores de músicas vulgares sin matemáticas,
para que no digan que el Minotauro tatuado en el pecho is gorgeous
que es como ir a decirle a Newton el precio de las manzanas.
Chao no más.
Perejilientos y perejilientas del mundo: ¡ A La Bastilla !

Para cuando tu bus ya ha partido
pedaleo
para hacer avanzar el planeta bajo los neumáticos
y no avanzar yo,
y como el viento está en contra
la tierra se demora en girar
me apoyo en el botón creador de sintaxis (sin querer)
y salen idiomas nuevos por la bocina
y gramáticas desconocidas y letras y símbolos
se imprimen los significados por el retrovisor
y los fonemas se desinflan como moluscos moribundos.

¡Ah! la perra maldita de la palabra
¡Ah! la diosa bendita de la palabra
¡Ah! la puta que parió a la semántica
¡Ea! barqueros sin barca
pescadores sin peces
redes secas en las playas
costras secas en las rodillas.


Tú, mi perejil sin hojas
déjame sanarte con las manos
como lo hizo el flaco de Asís
yo, tu franciscano confesor
abrigaré tu pié en mi abdomen tibio bajo la segunda camiseta.

Si vienes a mí te haré pescadora,
de peces brillantes
de ostras perlíferas
de cochayuyos dorados
de justicia sin límites,
de poecracias para las niñas
y de hojas
para mi perejil.

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